Nosotras también jugamos.
El año 2015 no fue un año más en la genealogía de la lucha del movimiento feminista. El colectivo ya experimentaba un importante crecimiento en Argentina. Sin embargo, en la misma medida en que la violencia contra las mujeres, niñas y adolescentes no disminuía, aumentaban el hartazgo y las demandas.
El asesinato de una adolescente embarazada de 14 años, por parte de su pareja generó una marcha multitudinaria y una consigna que se instalaría hasta el día de hoy “Ni una menos. Vivas nos queremos”.
Un año más tarde, la noticia de otro femicidio iba a volver a sacudirnos gestándose así el Primer Paro Feminista de nuestra historia. Los cantos, remeras, carteles y banderas con las frases “Ni una menos”, “Vivas nos queremos” y “Nosotras paramos” ganaron las calles.
A partir de ese momento de inflexión, el movimiento feminista continuó reclamando en forma sostenida, pretendiendo no dejar ni una esfera de este sistema patriarcal sin atravesar. Comenzaron a ser cada vez más fuertes las consignas: “queremos cambiarlo todo”, “a este sistema lo vamos a tirar” y el fútbol no podía quedar afuera.
Además de estos hitos generales, se sucedieron algunas acciones particulares, donde consideramos que comenzó ese camino hacia cuestionarnos nuestro rol como mujeres y disidencias dentro del fútbol, ya sea en nuestro rol de hinchas o de deportistas.
Uno de ellos tuvo lugar cuando las integrantes de la Selección Nacional Femenina de Fútbol al posar para una foto en el marco de la Copa América 2018, hicieron un gesto llevando una mano hacia su oreja, pidiendo que la Asociación del Fútbol Argentino -en adelante AFA- las escuchara.
Al día siguiente los diarios titularon: “Las chicas pasaron un año y medio sin competir, el año pasado estuvieron de paro por la falta del pago de los viáticos y se enteraron en competencia de que la presentación de la camiseta se hizo con… una modelo. Así y todo llegaron a la fase final del torneo y hoy vencieron 3-1 a Colombia”1
Este reclamo tuvo lugar luego de que, a principios de ese año, quisieran salir a la cancha con una bandera con la inscripción “El fútbol femenino es argentino”, y la AFA las amenazara con sanciones a sus clubes si lo llevaban a cabo2
, por lo tanto se vieron obligadas a cancelar la protesta. Pero el “bichito del feminismo” ya había hecho lo suyo, ya estaban cansadas de los sucesivos atropellos como integrantes de la selección y las amantes del fútbol estábamos con ganas de organizarnos.
El 8 de noviembre del mismo año nuestra selección jugaba contra Panamá por la clasificación al mundial de Francia en la cancha de Arsenal Fútbol Club, en la localidad de Sarandí, Provincia de Buenos Aires y las tribunas fueron copadas por mujeres, niñas y adolescentes embanderadas en celeste, blanco y verde. Sí, mucho verde, porque la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito estaba en su momento de máximo auge y también porque las feministas queríamos demostrar que estabamos ahí.
Ese día circularon cancioneros con letras modificadas, hablando de Estefanía Banini y de botines y revolución, se revoleaban pañuelos verdes y banderas de agrupaciones. Se vivió realmente una fiesta que terminó coronada con un 4-0 soñado en favor de nuestra selección y 13.500 personas alentando al seleccionado femenino por primera vez en su historia. Al final las jugadoras dieron la vuelta olímpica sorprendidas y felices, agradeciendo tanto apoyo.
Claro que lograron que las escuchen y que las vean. Desde la cancha contagiaron a todo ese colectivo feminista futbolero a organizarse.
A comienzos del 2019, la jugadora profesional Macarena Sanchez, fue dejada libre por su club, sin explicación alguna, a mitad de temporada, dejándola sin posibilidades de sumarse a otro equipo de AFA. La jugadora denunció además que aquella desvinculación tuvo un tinte de castigo ya que era una activa militante que, en redes sociales y acciones públicas, dejaba en claro su pertenencia política. No sólo difundió su caso a través de un comunicado sino que además lo judicializó, poniendo por primera vez en escena a las mujeres futbolistas como trabajadoras, merecedoras de condiciones laborales dignas.
Así, junto con el acompañamiento del movimiento feminista, la visibilización que tuvo dicho caso fue tan importante, que en marzo de ese mismo año, la AFA3 oficializó la profesionalización de la disciplina, definiendo cantidades mínimas de contratos, pago de viáticos, creación de categorías inferiores dentro de los Clubes, obligación de entregarles camisetas con el correspondiente apellido a cada jugadora, condiciones en que debían disputarse los encuentros femeninos, entre otros enormes avances.
En este marco, las agrupaciones de hinchas y socias florecieron por todas partes, había mucho para hacer en los clubes y en las canchas.











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