Estoy sentada en un bar a unas cuadras de mi casa. Me dispuse a escribir una nueva carta, la segunda de esta exploración, pero mis dedos están paralizados. Llevo un rato largo intentando volcar sobre el teclado de mi computadora las palabras que tengo en mi mente, pero están estancadas.
Quizás porque siento que haberme animado a publicar por acá el primer texto no es animarme del todo si no escribo acerca de lo que, realmente, quiero escribir.
Es que quizás las ideas que más miedo nos dan, son precisamente las que más necesitan ser escritas.








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