DÍA 1. Jueves 26 de octubre de 2023.
Los médicos (o médicas) y su empatía
Llegamos temprano al centro de fertilidad hoy. Raro en nosotros.
La sala de espera estaba completamente vacía, como nunca. Tal vez tendría que haberme dado cuenta que era una señal de que algo andaba mal.
Después de anunciarnos en la recepción, esperamos tanto para que nos atiendan que ya sentía la silla de plástico incrustada casi hasta mis huesos.
Cuando entramos al consultorio, se me nubló la vista. Atrás del escritorio no estaba Sanabria, estaba Frankie.
Le hablé a Facu telepáticamente, como siento que logro hacer de vez en cuando.
-¿qué hace ella acá?¿podemos irnos y volver otro día?
Pero él se sentó con su sonrisa pintada y amabilidad de siempre, sin captar mi intento de entrar en su cerebro.
No es que sea mi médico más empático del mundo. Pero es mi médico.
No ella. Con esa cara de muñeca pepona con mandíbula de mamut.
Ni sus ojos saltones. Ni su pelo aplastado.
Ni sus aires de superioridad.
Ni esa voz gangosa que es igual que los huesos que salen de su pecho. Ambos traspasan la piel.
La detesto desde el día en que nos atendió por videollamada para hacernos todos los papeles de la obra social y las órdenes de estudios.
Alguna que otra vez la vimos personalmente. Estaba con Sanabria y preguntaba cosas innecesarias. Aunque es más joven que él, tiene la cara petrificada. Parece que nunca en su vida hubiera sonreído.
–El Doctor S. no está. Hoy te voy a hacer la ecografía yo. – dijo.
“Hola, buenos días Daniela. ¿Cómo te va?”.
No, nada.
Y como yo ya conocía el procedimiento, saqué la bata de mi mochila, esa que me entregaron el primer día que fui. Me dijeron que la guarde para las ecografías. Me pareció raro, pero después leí en un cartel que era por el cuidado del medio ambiente que no utilizaban descartables y me pareció bien.
Mi estómago era un combo de resignación, ilusión y drama hormonal. Tenía lógica, mi cuerpo no sabía si prepararse para un milagro o para una crisis.
Esos minutos que estuve en el baño, intenté respirar y confiar. En mi cuerpo, en mis ganas, en mi buena energía. Soy una persona que cree mucho en las energías, a veces me paso de rosca, incluso, pero en ese momento necesitaba todos mis dotes místicos a full. Me repetí que, su cara de pomelo rosado no me iba a arruinar el momento. Que iba a estar todo bien.
Me repetí en voz alta, pero intentando que no se escuche desde afuera, que habíamos pasado mucho para llegar hasta ahí. Que los pinchazos, los cambios de humor y los llantos sin motivo aparente, tenían que valer la pena. Que todos los turnos médicos, los estudios, la burocracia y los meses de espera; también.
Nada de todo eso, podía ser inútil.
Imaginando que tenía un sahumerio en cada mano, abrí la puerta.
A tres pasos del baño, estaba la camilla. Al lado del monitor, cara de pomelo. Facu seguía sentado enfrente del escritorio, por lo que quedaba de costado a mi.
Frankie me dijo “acomodá bien las piernas en los estribos”, y yo empecé a divagar en mis pensamientos.
Esto es algo que me sucede bastante seguido, cuando decido que la realidad no me está gustando. El silencio que había en ese consultorio era tan intenso que hasta escuchaba las agujas de mi reloj. No me siento tan amiga del silencio cuando estoy nerviosa, quizás por eso mi cerebro empezó a llenar los espacios.
Estribos: qué palabra tan horrible. Remite más a la imagen de un caballo que de una mujer acostada con las piernas abiertas y levantadas. ¿A quién se le ocurrió ponerle ese nombre a los apoyos de una camilla?
Mientras ella seguía revisando mis ovarios por dentro, yo miraba el techo.
No existe situación más incómoda que sentarse asi con las piernas abiertas apoyadas en unos palitos de hierro. Encima siempre están helados, no importa en que época del año suceda la escena.
Ya es injusto que todas las mujeres tengamos que pasar por eso, mínimo una vez al año para los controles ginecológicos. Más injusto se vuelve aún, tener que someterte a eso varias veces, frente a distintas personas, en distintas camillas, en distintos consultorios cuando te dicen que algo anda mal con tu fertilidad. Porque encima, muchas veces sucede esta escena con tu pareja ahí al lado, que mira para otro lado disimulando la incomodidad.
Ojalá alguna vez la tecnología permita que se puedan ver los folículos desde afuera y no tengan que meternos un aparato adentro de nuestro cuerpo en esa posición tan vulnerable.
Cuando ya hay un bebé adentro, las ecografías son distintas. De repente, hay dignidad.
Su horrible voz nasal, detuvo mi monólogo interno.
—Solo hay tres folículos y se ven muy chiquitos – balbuceó.
Yo giré la cabeza y como pude, la miré. Ella ni levantó la vista. Como su cara no comunica ninguna emoción humana, no pude descifrar que significaba. Tampoco pude hablar.
¿Eso era malo? ¿Me habían dicho cuántos tenían que ser? ¿Cuánto era lo esperable? Miré el techo y se me volvió a cruzar la idea de los caballos y los estribos. De repente me los imaginé galopando, se cruzaron con el sonido estruendoso de los latidos de mi corazón. Se me venían encima.
Intenté reincorporarme de a poco y busqué a Facu con la mirada pero el lugar se había llenado de un humo espeso y no lo veía.
De repente escuché una voz que me trajo de nuevo a la realidad: “no vas a llorar, eh”.
Entonces parpadeé y la vi parada al lado mío. Esa Daniela todopoderosa que aparece casi todos los días y me critica. Estaba vestida toda formal, como si hubiera salido recién de una audiencia de juicio. Toda de negro, con su pelo rubio lacio y su maquillaje impecable, me miraba fijo.
Si le preguntara alguien, ella se presentaría orgullosa como la “Daniela Escorpiana” pero yo le digo la “Daniela que se cree mil”.
Aparece siempre en mis momentos de mayor debilidad para exigirme que sea fuerte. No me lo pide: me lo demanda. Con el dedo indicándome un supuesto camino correcto, me marca cada uno de los errores que cometo, me dice que no soy buena en lo que hago, que soy despistada, débil, insuficiente.
A ella también la detesto.
Me miró fijo y preguntó con tono burlón, mientras yo todavía seguía mareada intentando despegar mi espalda de la camilla:
—¿Cómo que no sabes cuantos folículos eran los esperables? ¿No preguntaste?-
-—No, la verdad que no. Si, ya se, soy una estúpida- le respondí todavía sin entender que estaba pasando.
Ella quiere tener todo bajo control, siempre. Y yo, a veces me distraigo.
Me dio un codazo y me levanté de un salto, como si hubiera despertado. El humo se dispersó. Facu me miraba con su mejor cara de amor y yo volví a mirar a Frankie que se había teletransportado hasta su silla detrás del escritorio. Tenía la mirada clavada en la computadora y estaba golpeando sus dedos demasiado fuerte contra el teclado.
—¿Y eso qué significa? —alcancé a preguntar, con una voz plana que no parecía mía.
—Cambiate y te explico —dijo y resopló.
La muy soreta resopló y siguió mirando el monitor, como si me estuviera haciendo un favor. No sé cómo hice para aguantar las ganas de llorar o de putearla. O de hacer ambas cosas a la vez.
Facu se dio cuenta y se paró. Caminó dos pasos hasta donde estaba, me acarició la cara y me dijo: tranqui amor, cambiate y le preguntamos bien.
Ese gesto me sacó de la parálisis temporal. Tenía la mano calentita y suave. Yo por el contrario estaba helada.
Cuando entré al baño y cerré la puerta, me pareció más chico que antes. Todo me daba vueltas. Trataba de enfocarme en meter mis piernas en el pantalón, atarme los cordones de las zapatillas y salir de ahí lo más rápido posible. No podía. Me chocaba con las paredes, con la bacha para lavarse las manos, con el rollo gigante de papel higiénico. ¿cómo es que a nadie se le ocurrió poner un gancho donde colgar la ropa? Solo había un canasto para poner las batas. Qué sentido tiene si se supone que cada una tiene su bata, por todo eso del medio ambiente. ¿para que carajo sirve? Siempre estaba vacío. Totalmente inútil. Cómo mi cuerpo. Como mi voz en ese momento.
Pensé que quizás me había bajado la presión, recordé que no había desayunado mucho, pero cuando abrí la puerta con fuerza, me la di en la rodilla. Esa rodilla que tengo que operarme, que aún tengo inflamada por la rotura de ligamentos de hace un par de meses. Pareciera que cuando me pongo nerviosa decide volver a llenarse de líquido.
El dolor hizo que volviera a sentir que me circulaba la sangre dentro del cuerpo y de repente cada centímetro de mi quería explotar y salir corriendo.
¿Acaso todo en mi tiene vida propia menos mis óvulos?
Logré salir de ese baño minúsculo y Frankie me esperaba detrás del escritorio. Me senté, más por cortesía que por ganas, mientras ella seguía buscando respuestas en la pantalla.
—Ah, claro es porque tenías la reserva ovárica baja, por esto también se les indicó el tratamiento FIV —dijo, como si recién se estuviera enterando de todo.
¿A quién esperaba cuando entré al consultorio? ¿En quién pensaba cuando me metió el aparato para hacerme la ecografía?
Ahí me di cuenta porque no habló antes, cara de pomelo no tenía la menor idea de quién era yo.
Debía haber visto a mil pacientes que no eran suyas antes que yo, ¿ni siquiera se había molestado en leer algo en mi historia clínica? ¿Haría lo mismo con todas? ¿o tal vez yo fui la única hoy?
Tal vez vino a cubrir Sanabria y quería terminar rápido para irse a su casa. Pero ¿a mi que me importa?
Tampoco es que Sanabria sea un as de la amabilidad y la memoria. Siempre que llegamos nos vuelve a preguntar “¿en qué estábamos?” o “¿que teníamos para hoy?”, pero al menos me hace chistes de fútbol. Por lo menos se acuerda de mi rodilla y me pregunta si ya estoy por volver a jugar. Es probable que sea lo único que retuvo en su mente, pero ese simple gesto me hace sentir más como una persona y menos como un número en una pantalla.
Dije “aham” para no dejarla hablando sola, a ver si con mi voz de pronto se daba cuenta de que lo que había ahí sentado era otra mujer, y no un sachet de leche.
Además realmente porque no sabía que más preguntar.
—Es lo esperable para la poca reserva ovárica que tenés. Coincide con lo que se veía en los estudios previos. Solo un ovario respondió a la estimulación hormonal y por eso se liberaron tan pocos folículos—dijo y su voz sonó a chirridos de uñas en un pizarrón.
Yo esperaba que agregara algo más, una línea amable que se pareciera un poco a la empatía. Algo asi como: “la verdad, uno nunca se sabe cómo reacciona el cuerpo” o “tal vez en la próxima ecografía se vean más”. No sé. Cualquier cosa que se pareciera a la esperanza y me hiciera sentir mejor. Pero claramente Frankie no sabía hacer sentir mejor a nadie.
De repente escuché esa voz insistente otra vez, venía desde atrás mío.
—pregunta algo inteligente por favor te lo pido, que me quiero ir— La Daniela que se cree mil estaba parada mirándome, con la mano apoyada en el picaporte de la puerta, lista para abrirla y salir eyectada del lugar. ¿Por qué siempre estaba tan enojada?
Y yo, que seguía ahí paralizada sin querer reconocer que ni siquiera entendía realmente la diferencia entre folículos y óvulos, no dije nada. Solo la miré.
La verdad es que no tenía la menor idea de si eso significaba que uno de mis ovarios no funcionaba o qué pasaba, pero no se me ocurrió preguntar eso.
De repente Facu interrumpió el silencio:
—¿Podría ser que en la próxima ecografía se vean más folículos?
Escuché a la Daniela que se cree mil aplaudir bien fuerte
—muy bien, gracias Facu por eso es que te queremos tanto— dijo ella con esa voz de superada, mientras se acercaba a nosotros para escuchar mejor.
—Y no… ES LO QUE HAY –– contestó.
No dijo: “es lo esperable para tu edad”. No dijo “bueno quizás es muy pronto, podemos subir un poco la medicación y ver que pasa”. No dijo “todos los ciclos son distintos”
Dijo “E S L O Q U E H A Y”.
Y esa frase se me quedó pegada al cuerpo.
Creo que no le contesté. La verdad, ni me acuerdo. Mi lengua estaba dormida, al igual que mi capacidad para enojarme.
Facu la saludó amablemente. Él siempre mantiene su energía positiva y su calma. A veces me da tanta envidia que pueda ser así.
Yo ya estaba afuera cuando Frankie dijo que volvieramos el lunes siguiente para otra ecografía. Agregó algo de la medicación que ni llegué a escuchar, pero si noté que Facu anoto algo en el papelito que nos dieron para el control.
Yo solo quería salir corriendo y desaparecer.
No tengo idea cómo hice para llegar al auto. Tengo una completa escena perdida desde que salí de ese consultorio tan blanco y llegué al auto y me largué a llorar.
La Daniela Escorpiana se sentó en el asiento de atrás, y furiosa, empezó a enumerar todas las cosas que podría haberle dicho a Frankie
Que quién se cree que es…
Que cómo nos va a hablar asi…
Que no sabe nada…
Que seguro la próxima vez se ve algo distinto y le tapamos la boca
Que hasta quizás podemos demandarla, que algo sé nos va a ocurrir.
Hasta ella parecía consolarme. Ella que nunca muestra su vulnerabilidad. Pero que si sabe defender.
Facu trató de calmarme, con una expresión desconcertada que reflejaba claramente que no entendía el motivo de mi llanto. Me abrazó y me dijo que no era tan malo como yo lo veía en ese momento. Que algunos folículos estaban creciendo, que tal vez en la próxima se veían más, que no me preocupe.
Frankie no dijo eso, esa parte la escuché bien, pero no quise contradecirlo.
Mi angustia ya ocupaba demasiado espacio en el auto, y necesitaba que su energía compense el ambiente.
Le dije que si, que tal vez, que la siguiente ecografía podía ser mejor. Pero no me lo creí
Solo quería escuchar el motor del auto y llegar a casa.
No solo a casa, quería llegar hasta mi cama. Taparme entera con la frazada y no volver a salir.
DÍA 1.
Lxs médicxs y su empatía –Segunda parte-
Facu tiene la suerte de tener un trabajo que no requiere presencialidad, pero vive conectado a reuniones.
Yo aprovechando el espacio de soledad que eso me deja, me serví un plato de milanesas con fideos que habían sobrado de ayer y me senté a escribir.
La escritura me abraza. Es lo único que me salva en mis peores momentos, lo que evita que simplemente me desplome en la cama y no me vuelva a levantar nunca más.
Escribo desde hace muchos años, pero recién hace pocos meses descubrí que esto de apretar mis dedos sobre el teclado me calma. Con cada letra que veo aparecer en la pantalla me siento más liviana.
En contacto con mis manos, la computadora se convierte en una especie de maquinita fantástica que regula mi energía corporal.
Escribo, en primer lugar, para intentar ordenar la maraña de pensamientos que tengo ahora mismo.
Y escribo, también, porque no quiero hablar con nadie más que conmigo misma.
Quizás por eso invoco a todas las Danielas que viven en mi, aunque a veces eso suceda en forma involuntaria.
Se que no soy la única que está pasando por esto. No soy la única que tiene este sentimiento tan horrible adentro. Lo deben haber sentido todas las mujeres que desearon tanto algo que no llegaba, las que atravesaron un tratamiento de fertilidad y las que no. Las que lograron concebir y sufrieron la pérdida. Muchas más de las que pueda imaginar. Pero igual me invade la certeza (absurda) de que nadie, nadie en este planeta puede entender cómo me siento ahora. También por eso escribo. A lo mejor estas páginas le sirvan en algún momento a alguien más.
Quisiera estar acompañada pero no conozco a nadie que haya pasado por esta situación. ¿Dónde están?
Hace meses vengo llevando un registro a modo de diario de esta experiencia nefasta, pero recién hoy sentí la necesidad de plantearme qué sentido tiene. ¿para qué lo hago?
Franke hoy me dio la respuesta. Necesito superar el silencio o me voy a enloquecer.
Sus palabras resuenan en loop como conectadas a un parlante gigante en el medio del comedor de mi casa.
“Es lo que hay”
“Es lo que hay”.
“Es lo que hay”
Quiero que se calle pero sigo culpándome por lo de hoy.
¿Porqué ahora sí se me ocurren mil cosas que podría haberle dicho a Frankie?
¿Por qué no pregunté algo más?
Si trabajo de defender a personas, ¿cómo puede ser que no me pueda defender a mí misma?
¿Por qué no le pedí explicaciones?
¿Dónde estaba Sanabria? ¿porque nadie me avisó de esto antes?
¿Porque ella eligió especializarse en fertilidad si no es capaz de decir las cosas con un poco de consideración hacia la persona que tiene enfrente?
¿Porqué tengo que aguantarme que me atienda alguien que no elegí como mi médica?
¿Por qué todo esto me enoja solamente a mí? ¿Porque facu puede estar tan tranquilo?
Me acuerdo que tengo su whatsapp y decido escribirle un mensaje larguísimo. Nosé porque sigo siendo tan correcta, pero no me sale decirle que me parece que es una médica de mierda. Encima considero empezar la charla disculpándome ¿porqué?
“Hola cómo estás? Perdón que te moleste por acá pero me quedé con una duda hoy. Bueno, varias.
¿Tres folículos significa que pueden crecer tres óvulos? ¿eso es poco?
Y si no logran desarrollarse los óvulos para la extracción, ¿cuánto tiempo hay que dejar pasar para volver a intentar todo el procedimiento de estimulación? ¿hay un tiempo?
La verdad hoy me quedé bastante mal después de la ecografía, pero lo que más quisiera saber es si este panorama puede repetirse o si puede ser que en un nuevo ciclo vaya mejor. Gracias.”
Con muchas más expectativas puestas en molestarla que en recibir alguna respuesta, le di enviar. También quería descargarme.
Va a pensar que soy una pesada. O medio boluda. Pero ya que no puedo hablar, puedo escribir. Evitar que las palabras se acumulen adentro mío y me intoxiquen.
Son las 6 de la tarde. Tal vez ella ya terminó su jornada laboral y está con su familia. ¿Tendrá familia? ¿Será madre? ¿Le habrá costado? ¿Le gustarán, acaso, los bebés? ¿seguirá en la clínica? ¿habrá trabajado muchas horas hoy?
Que me importa si te molesta Frankie.
Es lo que hay.
Es lo que hay.











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